POR QUÉ COMEMOS CUANDO COMEMOS?
En oportunidades comemos porque sentimos una sensación corporal, sentimos ese hueco en el estómago, éste se queja emitiendo sonidos… esa es un hambre fisiológica. Nuestro organismo detecta que [...]
En oportunidades comemos porque sentimos una sensación corporal, sentimos ese hueco en el estómago, éste se queja emitiendo sonidos… esa es un hambre fisiológica. Nuestro organismo detecta que hay un déficit energético de nutrientes y calorías y comemos para restablecer ese equilibrio, garantizando así nuestra supervivencia.
Y bien, pero una vez superado este nivel que tiene que ver con la supervivencia, nos encontramos con otras dos modalidades que no guardan relación alguna con dicha falta energética. Las personas no comemos sólo por hambre real. La mayoría lo hacemos también por un hambre hedónica y un hambre emocional.
El hambre hedónica se relaciona con el simple placer y la recompensa, sólo por el hecho de tener al alcance de nuestra mano esos alimentos que son sabrosos.
En el comer emocional hacemos uso de los alimentos como una modalidad de afrontar nuestras emociones. Es un hambre que es disparado por diversas emociones básicas o ciertas combinaciones de éstas: soledad, enojo, ansiedad, tristeza, aburrimiento, entre otras. A veces este comer emocional puede vincularse a algún suceso vital pero también puede asociarse al estrés cotidiano.
¿A quién no le ha pasado alguna vez de comer prácticamente un chocolate entero en algún momento de tristeza? ¿A quién no le ha pasado de comer una galleta tras otra en alguna preparación maratónica de algún examen de la carrera? De alguna manera, todos somos comedores emocionales. No obstante, esto puede constituir un problema real si desencadena en un aumento de peso significativo o en ciclos de atracones. El problema yace en que una vez terminada esa sensación de placer momentáneo, la oleada de dopamina desciende rápidamente y pronto nos quedamos con las mismas emociones que fueron el disparador y frecuentemente, terminamos por sentirnos peor por la cantidad y el tipo de alimento ingerido. Es por este motivo que resulta útil conocer las diferencias entre el hambre fisiológica y el hambre emocional.
El hambre fisiológica:
El hambre emocional:
Para romper este ciclo es preciso encontrar otras formas posibles para afrontar las emociones y las situaciones que llevan al sujeto a responder siempre de la misma forma, acudiendo a la comida.
Aquí van algunos consejos útiles para manejar este tema al que nos abocamos. Es importante recordar:
Si identificas que es hambre emocional:
Es interesante comenzar a analizar ciertos patrones entre lo que ingieres y lo que sientes. De esta forma, se accede a un mayor autoconocimiento y podrás realizar mejor tus elecciones. Acepta y etiqueta la emoción. Las emociones no son buenas o malas, las emociones nos alertan e informan sobre nuestro mundo psíquico, nos permiten conocernos. No las sofoques, si aparecen es preciso aprender a escucharlas. No las tapes con comida, intenta ponerlas en palabra.
Lic. Psic. Nikol Grimberg
En oportunidades comemos porque sentimos una sensación corporal, sentimos ese hueco en el estómago, éste se queja emitiendo sonidos… esa es un hambre fisiológica. Nuestro organismo detecta que hay un déficit energético de nutrientes y calorías y comemos para restablecer ese equilibrio, garantizando así nuestra supervivencia.
Y bien, pero una vez superado este nivel que tiene que ver con la supervivencia, nos encontramos con otras dos modalidades que no guardan relación alguna con dicha falta energética. Las personas no comemos sólo por hambre real. La mayoría lo hacemos también por un hambre hedónica y un hambre emocional.
El hambre hedónica se relaciona con el simple placer y la recompensa, sólo por el hecho de tener al alcance de nuestra mano esos alimentos que son sabrosos.
En el comer emocional hacemos uso de los alimentos como una modalidad de afrontar nuestras emociones. Es un hambre que es disparado por diversas emociones básicas o ciertas combinaciones de éstas: soledad, enojo, ansiedad, tristeza, aburrimiento, entre otras. A veces este comer emocional puede vincularse a algún suceso vital pero también puede asociarse al estrés cotidiano.
¿A quién no le ha pasado alguna vez de comer prácticamente un chocolate entero en algún momento de tristeza? ¿A quién no le ha pasado de comer una galleta tras otra en alguna preparación maratónica de algún examen de la carrera? De alguna manera, todos somos comedores emocionales. No obstante, esto puede constituir un problema real si desencadena en un aumento de peso significativo o en ciclos de atracones. El problema yace en que una vez terminada esa sensación de placer momentáneo, la oleada de dopamina desciende rápidamente y pronto nos quedamos con las mismas emociones que fueron el disparador y frecuentemente, terminamos por sentirnos peor por la cantidad y el tipo de alimento ingerido. Es por este motivo que resulta útil conocer las diferencias entre el hambre fisiológica y el hambre emocional.
El hambre fisiológica:
El hambre emocional:
Para romper este ciclo es preciso encontrar otras formas posibles para afrontar las emociones y las situaciones que llevan al sujeto a responder siempre de la misma forma, acudiendo a la comida.
Aquí van algunos consejos útiles para manejar este tema al que nos abocamos. Es importante recordar:
Si identificas que es hambre emocional:
Es interesante comenzar a analizar ciertos patrones entre lo que ingieres y lo que sientes. De esta forma, se accede a un mayor autoconocimiento y podrás realizar mejor tus elecciones. Acepta y etiqueta la emoción. Las emociones no son buenas o malas, las emociones nos alertan e informan sobre nuestro mundo psíquico, nos permiten conocernos. No las sofoques, si aparecen es preciso aprender a escucharlas. No las tapes con comida, intenta ponerlas en palabra.
Lic. Psic. Nikol Grimberg
Por Dr. Sergio Breitfeld|2023-05-12T19:47:19-03:00abril 19, 2019|ARTICULOS, PSICOLOGÍA|
En oportunidades comemos porque sentimos una sensación corporal, sentimos ese hueco en el estómago, éste se queja emitiendo sonidos… esa es un hambre fisiológica. Nuestro organismo detecta que [...]