Yo volvía de un viaje especial y muy querido… un deleite para los sentidos… los aromas, los sabores, los colores, el idioma, el tono de voz… distintos y a la vez… familiares… pero, sobre todo… los abrazos del reencuentro… una caricia para el alma…
Este era un viaje para conocer, para descubrir y aventurarnos a lo nuevo, para compartir ratos de playa y otros largos de juegos de pelota en el parque, un viaje para estar el día más sagrado, el Día del Perdón… en el lugar más sagrado… el Muro de los Lamentos… y contemplar esa experiencia de estar puntual ahí… y abrazar un pedazo de mi historia… más de lo que pueden expresar mis palabras…
Es así que retornando a casa, volvía pensando en el viaje y si se quiere… en los viajes… desde los variados destinos, los propósitos y algunas cosas que son propias de éstos.
Cuando estamos de viaje, salimos de nuestra rutina, disponemos de otra calidad de tiempo, sentimos que conectamos mejor con nosotros mismos y nuestro entorno, lo vivencial pareciera que nos permite aprender de otra forma y los lugares que visitamos quedan guardados en un sitio preciado de nuestra memoria, acompañados de relatos, anécdotas, chistes y demás, que llenan de vida a ese retrato…
Es interesante… cuando estamos de viaje podemos tomar una distancia física y si se quiere mental de nuestro hogar y a veces, podemos encontrar ciertas miradas más creativas para resolver algunos conflictos, podemos ampliar nuestro foco y en oportunidades afinarlo, podemos cambiar de perspectiva, y tal vez, nuestra forma de mirar ya nunca pueda volver a ser la misma que teníamos cuando partimos de casa.
A menudo uno escucha “tal o cual cosa… es un viaje…”. Hay algunos viajes que son cortos, otros que son largos y parecen eternos… hay de esos… de aventuras y de diversión y otros de no tanto… que llegan sin pedir permiso…
Hace pocos días, escuchaba a Liliana González en una charla, en la cual hablaba de esta diferencia tan sutil pero a la vez fundamental, entre “ver” y “mirar”… y decía algo así como: “ver es cuestión del ojo… pero, cuando miro, miro con todo mi ser, por eso cuando un grupo de turistas está frente a un mismo paisaje, sólo a algunos se les escapa un lagrimón… Principito… parece que lo esencial es invisible a los ojos…”.
Dichosa mirada… tan necesaria pero tan banalizada en estos días que corren… Es que, la mirada está dotada de nuestra subjetividad… teñida de todo nuestro ser y se construye en el vínculo amoroso con un otro… Es un otro quien alguna vez cuando éramos pequeños nos acompañó y fue dándole nombre a aquello que aún no podíamos nombrar y le agregó algo más… algo propio, algo de él…
Es ese otro quien nos ayudó a volver más comprensible a un mundo que en un principio nos resultaba gigante e intangible… es ese otro quien fue enseñándonos a leer aquello que parecía inteligible… se sentó a nuestro lado, nos prestó por “un rato” sus lentes y nos fue enseñando a mirar… y en ese vínculo nos fuimos volviendo cada vez más capaces de dotar de significados a la experiencia de nosotros mismos, de los demás y del mundo. Emociona escuchar el relato que trae de un hermoso cuento de Eduardo Galeano en donde un niño le pide a su padre que lo lleve a conocer el mar. El padre accede y cuando por fin llegan a la orilla y el niño se encuentra frente al mar en toda su inmensidad, le toma la mano a su padre y temblando… le dice: “Papá… ayudame a mirar…”
El sentido de la vida se construye haciendo un viaje de exploración, de conexión con nosotros mismos… en el camino que vamos recorriendo, vamos transitando por distintos puertos y en cada uno nos encontramos con otros…
Y como sugiere Liliana… ojalá que en el camino tengamos la dicha de encontrarnos con algunas personas con miradas “amorosas”…
Y si, es probable que en algún tramo… lleguemos a algún puerto inesperado… y no podamos comprender mucho el viaje… seguramente, allí deberemos aprender a confiar en nuestro camino… respondiendo a esas preguntas que éste nos sugiere… que son tan propias como nuestro equipaje…
Así es que, si es preciso… reabre tu valija, reordénala e intenta viajar lo más liviano posible, accede a nuevas guías para este destino, pide ayuda si es necesario… comienza a caminar… y tal vez, en este viaje puedas lograr apreciar algunos de los encantos de este nuevo lugar… y seguramente en el camino, te irás acercando a buen puerto…
Continúa aprendiendo a mirar, a mirarte… a confiar en tu mirada… en tu camino… porque ya ves… no hay recetas genéricas, hay tantos caminos como personas y porque es en el camino, en el encuentro con uno mismo y con el otro que seguimos construyendo… creciendo y evolucionando… porque entre otras cosas, en definitiva, somos lo que hacemos con la experiencia… como dice Serrat… “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Lic. Psic. Nikol Grimberg

